Si alguien les dijera que vive con una pareja cuyos nombres son Lidia y Jorge, sería difícil imaginarlos con menos de sesenta años y sin nietos. Pero este no es el caso. Vayamos por partes.
Acceder a una vivienda propia resulta muy difícil, más aún en Europa. Por eso es que es muy común, entre los jóvenes, compartir departamentos con desconocidos. Se alquilan cuartos, y no necesariamente departamentos enteros. Más aún entre estudiantes.
En Salamanca la situación se acentúa, ya que es una ciudad que recibe miles de estudiantes anualmente,
como ya analizamos. Muchos de ellos por sólo un semestre o un año. Y esta modalidad es muy utilizada. Mi caso no fue el prototípico, porque si bien alquilé un cuarto, lo he hecho en el lugar donde vive una pareja de españoles.
Cuando uno vive en España se puede sorprender porque hay muchos nombres que uno imagina en personas grandes. Ahí no se pusieron de moda nombres indígenas –como Nahuel o Ayelén– ni anglosajones –como Brian o Alan–. Tampoco intentaron cosas muy osadas ni creativas, por lo que se les acotó un poco el margen en comparación a la Argentina y volvieron a viejas épocas.
Entre los hombres de no más de veintipico no es raro encontrarse con Héctor, Roberto, Javier, Enrique, Guillermo, Antonio, Alberto, Marcelo, Ángel o Carlos. Uno piensa que un Héctor sólo puede tener bigote y que le tiene que gustar la ginebra o el vermout, pero por estos pagos se aplica un concepto un poco más amplio.
Y si por el otro lado uno escucha un nombre como Marta, Silvia, Susana, Nuria o Isabel es más probable que se imagine una señora yendo a hacer las compras al supermercado a que piense en una universitaria. El caso especial es Gemma, que es frecuente en España, pero que no ha cruzado hacia el otro lado del Atlántico.
Como terminé mis estudios, ya me despedí de Salamanca. También de Lidia y de Jorge: era justamente la pareja de españoles que vivía conmigo. Ninguno supera los veinticinco años. Y obviamente no tienen nietos.